Birds that eat dreams nest in the wind, whatever its direction, and they do not lay eggs because the female gives birth to her young on the male’s back, where they live for a year feeding on dreams spit up by their parents.
   The evanescent material of dreams tends to rise like gases and mix together in the heights; for that reason, birds that eat dreams feed as much on the dreams of people as on those of flowers and of trees and those of cats and of beetles and of all those who dream on solid land and on the islands in the sea and below the sweet and salt waters.
   Dreams of salamanders and orchids are light and often do not reach great heights.
   Birds that eat dreams spy dreams of tenuous flight from very high and hurl themselves at them at great speeds, because they know that those dreams, fragile and translucent, are digested more easily than the ancient dreams of mountains that take years, if not centuries, to reach an average elevation or the nightmares of people past and present, which tend to rise slowly and with difficulty, weighed down by the anxieties and nostalgia out of which they were born and with a bitter taste that only older birds can appreciate.
   Birds that eat dreams are selective hunters who never hunt more than they need to but just enough for daily sustenance. They know the amorous taste of tears and the secret savor of goodbyes.
   The youngest, with diaphanous plumes and uncertain song, birds that barely risk their first flights on their own, are often easy victims of hopeless dreams, like those of a tree about to fall, or a brook on the eve of drought, a murdered robber, or a sacrificed bishop; as soon as they catch them, they vomit them; they grow sick and fall to the rear of this flock that never comes to rest.
   Old birds that eat dreams look with pity on young ones stalking a dream bitter with hopelessness, but they do nothing to stop them because they know that only the bird that has tried that taste of rust will learn to single out the sweet dreams of loves well under way.
   There are many more seas than our maps and navigators suspect, and dreams of the seas are never a single dream but the incalculable sum of the dreams of the fish and of the half-wakefulness of the somnolent jellyfish and the clandestine dreams of the unsuspected creatures that resist the seduction of fish lures.
   Birds that eat dreams know that dreams of the seas are the grand prey, that they exceed the capacity of their predators and demand siege by the flock when the wind promises a calm navigation of peaceable cloudscapes and perfumed airs of summer, and never in storm—a mistake that is never made twice.
   Volcanic eruptions on land and sea are the planet's most terrifying nightmares, and birds that eat dreams by instinct abstain from trying them; because they kill, not with venom but with the sourness of their taste.
   Birds that eat dreams rarely sleep during their lives, and when they sleep, as you would expect, their dreams are the dreams of others, dreams of turtles that dream a single dream in their long lives, dreams of other birds that feed on fruits and insects, dreams of walkers and dreams of the sedentary; dreams shared by the moss and the rock that protects it, and the dry dreams of those that have already died. But birds that eat dreams make even these dreams of others their own when another bird on the lookout lies in wait for them and traps them in flight and kneads them with the dough of the other dreams.
   Birds that eat dreams do not lie down on land or in water, nor in the ritual of love nor in that of death, because their bodies, when they die, disintegrate in the fall before they touch ground. People who see their trail say that they have seen a falling star.
   There are more dreams in the world than birds that could eat them.
   Dreams that pass unnoticed float adrift and are ballast in the wind—so long gone that when finally a bird traps one, it does not recognize any known flavor in its taste but, scarcely suspecting it, revives the dream with its digestion, and when it falls to the world again, something or someone will dream it as his own without understanding it, without knowing that he dreams a dream so old, and the nostalgia of that awakening is equally incomprehensible, and people say that they have woken up sad, as if something is missing, they do not know what, which is not the fault of the birds that eat dreams, because for them a dream is like a fruit, a seed, or an insect is for other birds.
   Birds that eat dreams love and defecate in the wind where they are born, in the wind where they grow up, and in the wind that carries them, and the dreams burst from their bowels and fall like rain or pollen to make fertile dreams mixed up, unsettled, confused in the souls that sleep. For that reason, every being that dreams always dreams among his own dreams, alien dreams, ancient dreams, contemporary dreams, animal, vegetable and mineral dreams, dreams of seaweed, of mushrooms and corals, all entangled, the delights of some tied to the horrors of others, the hopes of many with the meanness of so many others, and there is not in the world a being that does not dream, because the cycle of dreams knows no environment hostile to its urgent turn and its inevitable return.



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   Los pájaros que comen sueños anidan en el viento sin importar la dirección y no ponen huevos porque las hembras paren a sus crías en el lomo de los machos, donde viven hasta un año alimentándose de los sueños regurgitados de sus padres.
   La materia evanescente de los sueños tiende a elevarse como los gases y a confundirse en las alturas; por eso, los pájaros que comen sueños se alimentan tanto de los sueños de las gentes, como de los de las flores y los de los árboles y de los sueños de los gatos y los de los escarabajos y los de todos los que sueñan en tierra firme y en las islas de la mar y bajo las aguas dulces y de las aguas de sal.
   Los sueños de las salamandras y de las orquídeas son ligeros y a menudo no alcanzan gran altura.
   Los pájaros que comen sueños divisan desde muy arriba los sueños de vuelo tenue y se precipitan tras ellos a velocidades grandes, porque saben que son frágiles y translúcidos y se digieren más fácilmente que los sueños antiguos de las montañas que tardan años, cuando no siglos, en alcanzar mediana elevación; o las pesadillas de las personas pasadas y vigentes que suelen ser lentas y de trabajoso ascenso, cargadas como nacen de angustias y nostalgia, y son de un gusto amargo que sólo los pájaros mayores comprenden en sus paladares.
   Los pájaros que comen sueños son cazadores selectivos que jamás cazan en demasía, sino apenas para el diario sustento y saben del sabor amoroso de las lágrimas y del sabor secreto de las despedidas.
   Los más jovenes, de plumas diáfanas y canto inseguro, los pájaros que apenas arriesgan sus primeros vuelos de autonomía, suelen ser víctimas fáciles de los sueños de desesperanza, así los sueñe un árbol de tala inminente, como un riachuelo en vísperas de la sequía, un ladrón fallido, o un alfil sacrificado; tan pronto los atrapan, los vomitan, se enferman y se rezagan hacia la retaguardia de la bandada que nunca se posa.
   Los viejos pájaros que comen sueños ven con lástima a los jóvenes acechar un sueño amargo de desesperanza, pero nada hacen por impedirlo porque saben que sólo el pájaro que ha probado ese sabor de herrumbre llegará a distinguir los sueños dulces de los amores en buena marcha.
   Los mares son muchos más de los que sospechan los mapas o los navegantes y los sueños de los mares no son nunca un solo sueño, sino la suma incalculable de los sueños de los peces y de la vigilia a medias de las medusas sonámbulas y los sueños clandestinos de las criaturas insospechadas que resisten la seducción de los anzuelos.
   Los pájaros que comen sueños saben de la presa grande que son los sueños de los mares; saben que exceden la capacidad de sus depredadores y exigen el asedio de la bandada, cuando el viento promete una navegación sosegada de celajes apacibles y aires perfumados de verano, y jamás en tempestad; error que nunca se comete por segunda vez.
   Las erupciones volcánicas de tierra y de mar son las pesadillas más horrendas del planeta y los pájaros que comen sueños, por ley del instinto, se abstienen de probarlas, porque no matan por veneno sino por la aspereza de su sabor.
   Los pájaros que comen sueños duermen raras veces durante sus vidas y cuando duermen, como es de esperarse, sus sueños son los sueños de otros, los sueños de las tortugas que sueñan un solo sueño en su longevidad, los sueños de otros pájaros que se alimentan de frutas y de insectos, los sueños de los caminantes y los sueños de los sedentarios; los sueños compartidos del musgo y de la piedra que los ampara y los sueños secos de los que ya murieron. Pero aún siendo sueños ajenos, los pájaros que comen sueños los hacen suyos cuando otro pájaro en vigilia los acecha y los atrapa al vuelo y los amasa con el pan de los demás sueños.
   Los pájaros que comen sueños no se posan en la tierra ni en el agua, ni en el ritual del amor ni en el de la muerte, porque sus cuerpos, cuando mueren, se desintegran en la caída antes de tocar suelo. La gente que ve la estela que cae dice que ha visto una estrella fugaz.
   Hay más sueños en el mundo que pájaros que se los coman.
   Los sueños que pasan inadvertidos flotan a la deriva y son lastre en el viento, son tan pretéritos que cuando por fin un pájaro los atrapa, no reconoce en su sabor ningún matiz conocido pero, sin sospecharlo siquiera, su digestión lo resucita y cuando cae de nuevo al mundo, algo o alguien lo soñará como suyo sin comprenderlo, sin saber que sueña un sueño tan antiguo, y la nostalgia de ese despertar es igualmente incomprensible y la gente dice que ha amanecido triste, como añorando algo, como con un no sé qué, que no es culpa de los pájaros que comen sueños, porque para ellos un sueño es como una fruta, una semilla o un insecto para otros pájaros.
    Los pájaros que comen sueños aman y defecan en el viento donde nacen, en el viento donde crecen y en el viento que los lleva y los sueños irrumpen desde sus entrañas y caen como la lluvia o el polen para fecundar de sueños entreverados, revueltos, confundidos a las almas que duermen. Por eso, todo ser que sueña, sueña siempre entre los suyos, sueños ajenos, sueños antiguos, sueños contemporáneos, sueños animales, vegetales y minerales, sueños de algas, de hongos y de corales, intricados todos, anudadas las delicias de unos a los horrores de otros, las esperanzas de muchos con las mezquindades de otros tantos, y no hay en el mundo ser que no sueñe porque el ciclo de los sueños no conoce ambiente hostil para su giro urgente y su retorno inevitable.

Translator Notes

"Birds that eat dreams" is the first chapter of a slender book by one of Costa Rica's more distinguished writers, Fernando Contreras Castro: Sonambulario, a series of philosophic, historic, and imaginative excursions that shed light on human consciousness. Introduced to him and his work on a visit to Costa Rica, Carol Polsgrove initiated this joint translation with Paloma Fernández Sánchez.

Our first step in translating was to join Contreras in his imaginative conceit: that there are birds that hunt dreams and eat them. Contreras' prose is stately, with long sentences, parallel structure, repeated sounds, and a rich, evocative vocabulary. As we followed twists and turns of these birds' hunting habits, we made an effort to retain the rhythm of his sentences in our English translation. In our choice of vocabulary, we sometimes selected English cognates of Contreras' Spanish words (for instance, "diaphonous" for "diáfanas"). At other times, we exercised a translator's freedom in our choice of words, for example translating "sabor" at one point as "savor" but at another point as "taste," so that "sabor amoroso de las lágrimas" becomes the more compact "amorous taste of tears," which retains Contreras' pattern of repeated sounds.

For an introduction to other work by Contreras, see Carol Polsgrove's interview with him at (http://carolpolsgrove.com/interviewcontreras-in-english/) or in Spanish at http://carolpolsgrove.com/interviewfernando-contreras-castro/.


Carol Polsgrove
Paloma Fernández Sánchez

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